sábado, 17 de marzo de 2007

Al principio era barro...


1-. Gestación de algo desconocido:

Hablar sobre la interacción que se establece entre la persona y la masa informe del barro, dúctil, genuina, ingenua e ignorante acerca de la transformación que sufrirá con el contacto de quien la interviene con delicadeza y reverencia. Puede ser compararse con la aventura de explorar tierras desconocidas.
Sí, en el comienzo, fue simplemente un poco de barro, que observaba con cierta inquietud una insipiente armazón de madera y cerca metálica, que se estaba estructurando ya con una intencionalidad definida – conocida sólo por quien se desplazaba silenciosamente en el taller – los materiales y los instrumentos se irían enterando oportunamente de “aquello que se estaba gestando”, en la medida de su utilidad y función en el evento creador.
Se fueron sucediendo los días y la soledad de aquel espacio, iba siendo testigo de una realidad, aparentemente incomprensible al ojo humano, entrenado para clasificar con facilidad todo lo percibido, lo tangible.
Era curioso cómo el trabajo con la pieza estaba adquiriendo dimensiones increíbles, desde allí se intentaba leer el resto de las cosas. La objetividad fue perdiendo sus contornos reales, así como sucede con la perspectiva aérea. Todos los espacios vitales se fueron impregnando del mismo barro que estaba siendo intervenido en el taller. Ansiaba la soledad, necesitaba crear un espacio de intimidad entre mi persona y aquello que estaba surgiendo del barro. El resto de las realidades me resultaban inoportunas y en ocasiones las veía como meras intrusas.
El taller se transformó en “mi santuario”, los curiosos eran medianamente tolerados, y en algunas oportunidades, les admitía porque sus intervenciones y opiniones acerca de la pieza, en cierta forma, alimentaba mi ego… comencé a experimentar y disfrutar de la grandeza de quien se cree con grande capacidades, alguien excepcional, fuera de lo común y por tanto digna de admiración. Esto, felizmente, cayó como caen las cosas que se edifican con cimientos falsos.
Mi actitud comenzó a avergonzarme, pero paradójicamente no fueron las personas quienes me lo hicieron notar. Aunque cueste darle crédito, la obra iba adquiriendo una extraña independencia, se sentía con autoridad de sugerir cambios que no estaban en mis planes artísticos. Ridiculizaba mi pose de gran artista, recordándome que gran parte de los resultados que se estaban evidenciando, provenían de su directa intervención. Tuve que admitir que no era “hacedora” de nada, sino una simple testigo de algo maravilloso que se estaba gestando. Con dificultad y con cierto recelo aún fui aceptando que, aquella realidad que había invadido mi taller, no era de ninguna manera “mi propiedad”.
Comprendí que, mi año sabático obligatorio, producto de un desmedido e inexplicable cansancio, había adquirido un sentido, una razón de ser…y entonces, tal vez con un poco más de humildad, seguí interviniendo la pieza. Haciéndolo fui constatando como el barro se iba revistiendo de una fuerza que trascendía la mera obra artística. Sentía necesidad, en los largos espacios de soledad, de conversar con Aquel ser capaz de invadir de manera respetuosa pero con firmeza el taller y sobre todo mi vida. Cada mañana, al abrir ese singular recinto y realizar el habitual rito de descubrirlo para trabajar, me surgía espontáneamente una súplica que me acompañó hasta el final: Ya nada era igual, la soledad se había escabullido, o simplemente estaba escondida en algún rinconcito de aquel espacio. Él, definitivamente, me hacía, mientras yo intentaba modelarle.
Técnicamente sabía que necesitaba ayuda, constataba objetivamente innumerables fallas. La constatación de saberme sencillamente “empleada” de un Escultor superior, me permitió buscar con sencillez a aquel que me inició en la experiencia del modelado en barro… un artífice de maravillas, capaz de modelar imágenes extraordinarias. Conocedor de los secretos que se esconden detrás de ese material húmedo y maleable. El Profesor Germán Moreno, conocedor de la figura humana, de la elasticidad de sus movimientos. Ser, capaz de orientar con paciencia a otros que desean incursionar en la experiencia del modelado. Un hombre con una mirada profunda, impregnada de aquella intuición necesaria para detectar las capacidades en otros. Alguien que vive agradecido a la vida porque le enseñó a extraer la esencia, y le mostró la manera de eternizarla en obras de arte.
Le llamé una noche, pidiéndole su orientación. Como siempre, el amigo se hacía nuevamente disponible y con la destreza de sus manos fue interviniendo diligentemente los espacios aún no suficientemente trabajados… sus manos hábiles danzaban sobre el barro con el talento de un maestro.